muro final
Máscara rezagada de los estacionarios,
avisada ternura con que teje el aroma su palabra,
crepitar de inocencias en la seda enemiga,
hambre de estelas de humo,
Nínive retornando a su polvo unitivo.
Las mujeres visitan los templos,
recorren los orígenes cada una soplando sobre un pez,
demorando en las playas sus rodillas de azúcar,
midiendo caracoles gastados por la ausencia.
Danza la tarde. Aún
acecha el ojo en la espesura
un aceitoso y largo despojarse de velos.
Tañe el estar su ronda.
Da la palma que erige el vértigo y despuebla de nombres
cierta edad arrullada en estertores.
Sobre la piedra escribió el niño la cifra
de tanta luz mientras crecía la arena.
Pendiente de tu soledad
la oscuridad te asiste apenas la eternizas,
apenas redescubres que tu espejo es tirado
por un trote diverso de hojas y diamantes.
Assurbanípal que se duerme
con el último sueño de los reyes últimos
mientras pesa la uva en su color
para también dormirse
como un imperio se disuelve en otro imperio.





